Eran las 3:35 de la mañana de un sábado muy especial. Nadie sabía lo que en segundos les esperaba, menos yo que dormía plácidamente en mi cama en mi primer día de vacaciones. La noche era tranquila y mi mente sondaba por los placenteros Reinos de Morfeo. No recuerdo que es lo que soñaba, pero un ligero movimiento me sacó del reparador descanso. Un movimiento que no me alertó en lo absoluto: “a seguir durmiendo” pensé y tapé mi cabeza con la sábana. Sin embargo, débiles fueron mis intenciones ante el siguiente remezón. Nada que hacer… salté de la cama (con sueño y rabia en una extraña mezcla) sabiendo que el movimiento era fuerte me coloqué un camisón para cubrir mis paños menores  y caminé por el pasillo sin darme cuenta que ya estaba a oscuras.

El sonido era ensordecedor, vidrios que se quebraban mezclándose con sonidos subterráneos que aún no lograban hacerme entrar en pánico. Nunca le he tenido miedo ni a temblores ni a terremotos y nunca, por lo que veo, les tendré.

Llegué a la puerta de salida. Traté de abrir, recordando en mi cabeza las palabras de mi madre “lo primero que hay que hacer en caso de terremoto es abrir las puertas ya que éstas se trancan” Mi sabia madre tenía toda la razón y mi pobre reacción al caos colindante me había dejado encerrada en mi propio departamento.

Entrar en pánico en ese momento hubiera sido interesante para liberar tensiones, pero hay algo en mi que no me permite hacerlo, sólo delante de algunos insectos es que pierdo la cabeza, en el resto de las situaciones me mantengo fría, casi gélida, en shock talvez.

Me quedé ahí, frente a la puerta de mi propia trampa, pensando que en Chile los edificios son antisísmicos, que no había nada que temer.

Fueron los tres minutos más extraños en mucho tiempo, mientras sentía a todos mis vecinos correr por las escalas, yo me quedaba ahí mirando una puerta cerrada, en medio del colapso de mi propio hogar, pensando en los edificios antisísmicos y en mi madre y sus sabias palabras.

¿Valiente o en estado de shock? Es difícil saberlo ahora, pero no perdí la calma y mientras la tierra volvía a su estado un poco más normal y el sonido del caos iba apagándose, mis manos trataron en vano de abrir la puerta. No fue posible, por cierto, pero yo seguí estoica, cual roble y abandoné mis vanos esfuerzos.

En medio de la oscuridad caminé por mi hogar, recordando a “Indiana Jones caminando sobre galletas” en el Templo de la Perdición. En mi caso no eran bichos repugnantes encerrados por milenios (lo cual si me hubiese sacado de mis casillas), lo que pisaba eran vidrios filosos de un departamento antes decorado con bellas piezas de cristal y vidrio.

Miré todo con ojos ajenos. Las ventanas estaban abiertas, pero ahí estaban. Caminé hasta lo que es mi habitación con mi compañero de vida. En las penumbras sólo pude ver horribles cicatrices en las paredes y pude sentir bajo mis pies mi espejo quebrado en dos. No sentía ni el dolor, fue extraño.

Luego de nuevo la voz de mi madre en mi cabeza y la puerta cerrada en mi mente. Caminé nuevamente por mi departamento en penumbras y con fuerzas no conocidas abrí la puerta, no sin antes un forcejeo brutal. Al verla abierta mi mente voló con las personas que amaba, recién después del temblor, talvez un par de minutos después fui dándome cuenta de lo que había pasado. Busque en medio del desastre un celular sin señal para realizar varios intentos fallidos de comunicación.

Sólo con la luz del celular pude vislumbrar el caos que tenía a mi alrededor, quise llorar, pero no lo hice, siempre he odiado el histerismo que algunos piensan es propio de mi género. Me gusta demostrar que soy fuerte, que soy valiente, pero con el consuelo del tiempo (por lo menos días) me pregunto si vale la pena en realidad, si gano algo con mostrarme como la “Sarah Connor” de La Florida, si vale la pena anular mis sentimientos, pero no me veo a mi misma sumida en la histeria (sólo si hay un bicho cerca) o el descontrol. Y me puse el traje de guardiana de mi hogar, debía ser fuerte para salvaguardar lo que habíamos conseguido con esfuerzo, debía ser valiente y dejé de lado mis lágrimas y mi miedo y en medio de los vidrios rotos de mi hogar decidí ser quien yo en realidad era: un mujer capaz de conmoverse por cosas sentimentales y hermosas, pero también de llevarse el peso de las cosas sobre los hombros sin miedo, casi con gusto.

En medio de la oscuridad y el caos me di cuenta quien era yo o por lo menos quien quería ser.

Tengo muchas personas que se preocupan de mí y lo agradezco, mi familia y mi pareja me apoyan cuando lo necesito, pero al dejar el miedo de lado también te haces libre, libre del miedo, libre del “yo no puedo“.

Y mi país, un país siempre azotado por estas tragedias sísmicas, es un país que trasciende el miedo, que se pone de pie, que aunque agradece la ayuda del mundo, puede hacer fuerzas para pararse solo, para caminar cuando le duelen los pies, que puede reir cuando hay dolor en su interior. Ese es mi país, un país que hoy está herido, que llora y sufre. Un país que vio sus costas desaparecer bajo las olas gigantes sacadas de la más espectacular película de Roland Emmerich. No obstante, al día siguiente, caminando por las calles de mi ciudad me di cuenta que Chile, mi país que este año cumple 200 años, se puso de pie de inmediato, las personas salieron a la calle tratando de vivir de nuevo, de reconstruir de nuevo…Y me sentí orgullosa de haber nacido en Chile.

Y ni el lumpen asqueroso que llena a veces nuestras calles puede opacar a un país solidario, a un país que se levanta. Estos eran pensamientos que nadie podría preveer a eso de las 4 de la mañana de un 27 de febrero cuando un insignificante mujer trataba de abrir la puerta que la separaba del mundo exterior.

Caos y esperanza.

Vamos, Chile.